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Ucrania: negociación o catástrofe

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«Detrás de reducir el relato del conflicto de Ucrania a la absurda idea de la invasión de un loco imperialista quizás se oculte el mayor reto al que la civilización global deba enfrentarse en los próximos años. Varios hechos ocurridos a lo largo del 2021 hacen sospechar que esta era una guerra esperada y quizás deseada. Sin embargo, cada vez se hace más evidente que la única salida posible es la negociación con el régimen de Putin.

La fulminante consolidación del pensamiento único establecido en los medios de comunicación para explicar la desgraciada invasión de Ucrania ha vetado la mínima posibilidad de establecer un debate racional y desapasionado de los hechos acaecidos. Las causas que han provocado el conflicto han quedado reducidas a la locura de un megalomaníaco imperialista que ansía acabar con las democracias y los valores europeos. Democracias que, dicho sea de paso, no han dudado en prohibir la difusión de Russia Today (RT), un acto de censura que hurta ilegítimamente a los ciudadanos el derecho a juzgar por sí mismos la propaganda del otro lado. De este modo, todo se reduce maniqueamente a una infantil historia de héroes y villanos. Sus razones tienen.

Durante las tres últimas décadas, la OTAN se ha extendido menoscabando el área de influencia rusa, rompiendo el compromiso alcanzado al término de la Guerra Fría de no expansión hacia Europa del Este. Sin embargo, la incorporación de las antiguas repúblicas soviéticas a la organización, ha sido imparable. Si hasta 2010 hubo esfuerzos de acercamiento entre ambas potencias, a partir de entonces la tensión no ha dejado de aumentar. Las dos últimas grandes fronteras entre Rusia y la Europa aliada son Bielorusia, controlada por Moscú, y Ucrania. Es lógico que desde un punta de vista de su seguridad, Rusia considere la incorporación de Ucrania a la OTAN como una línea roja infranqueable. Del lado occidental, se argumenta que Ucrania tiene derecho a decidir incorporarse a la organización, lo que no deja de ser una afirmación puramente retórica, pues no existe ninguna instancia supranacional que otorgue este derecho, por otra parte legítimo. Es la OTAN la que decide a quien admite en su club, y el principal criterio que debiera regir en esta decisión es cumplir su compromiso de no expansión en aras de una seguridad que afecta al equilibrio geoestratégico mundial. El peligro de ruptura de este equilibrio entre dos potencias nucleares sería evidente, al considerarse Rusia, también legítimamente, mucho más expuesta, teniendo frente a su extensa frontera con Ucrania bases militares de la organización. Esta y no otra, es la principal causa de esta maldita guerra, y la responsabilidad de EE UU y Europa es tan clara como la inmoralidad y la temeridad de Rusia de invadir a su vecino. Si la vía diplomática se hubiera desarrollado sobre la base de un compromiso firme de la OTAN de no incorporar a Ucrania, compromiso rechazado desde el principio, quizás se podría haber evitado este horror.

Existen indicios razonables para sospechar que la causa última del conflicto es una urgente necesidad de estabilidad en el suministro de recursos, principalmente energéticos, mediante la incorporación de Ucrania a la UE y la OTAN, para lo cual sería condición imperativa el derrocamiento del régimen de Putin. En este sentido, cabe recordar nuestra enorme dependencia de Rusia. Europa importa de este país el 45% gas —varios países dependen al 100% de él—, el 50% del carbón y el 30% del petróleo. Si añadimos a Ucrania, juntas proporcionan al mundo más del 25% del trigo —17% a Europa—, un 20% del maíz y un 80% del aceite de girasol —60% a Europa—. Además, Rusia produce gran cantidad de nitrato de amonio, que es un componente básico para la fabricación de fertilizantes, y Ucrania tiene las tierras más fértiles de Europa, las conocidas como tierras negras. Ambos países son pues muy necesarios para garantizar la seguridad alimentaria del mundo. Y podríamos terminar con una larga lista de minerales estratégicos.

Estos indicios serían, en primer lugar, el mal disimulado interés de la OTAN por la membresía de Ucrania. En efecto, desde 2008 se han iniciado diversas acciones para incorporarla, la última el 14 de junio de 2021. Ese día se celebró en Bruselas la reunión de jefes de Estado y de gobierno de la OTAN, aprobándose en ella el documento NATO 2030, donde comprobamos el camino establecido “para afrontar un nuevo contexto estratégico donde Rusia ya ha pasado a ser una clara amenaza” y donde podemos leer frases tales como: “La puerta de la OTAN permanece abierta a todas las democracias europeas que comparten los valores de nuestra Alianza”, “Reiteramos la decisión tomada en la Cumbre de Bucarest de 2008 de que Ucrania se convertirá en miembro de la Alianza con el Plan de Acción de Membresía (MAP) como parte integral del proceso” o “Nos mantenemos firmes en nuestro apoyo al derecho de Ucrania a decidir su propio futuro y el curso de su política exterior sin interferencias externas”. Se puede decir más alto, pero no más claro.

Otro asunto sospechoso es el clamoroso apagón informativo de occidente sobre la guerra civil en las regiones prorrusas del este, recientemente reconocidas por Rusia como Repúblicas Populares de Donetsky y de Lugansk, asunto tremendamente incómodo para occidente. Esta guerra cuenta ya con 14.000 muertos en sus ocho años de duración, ucranianos todos, hablen ruso o no, incluyendo abominables crímenes ejecutados por el Batallón Azov de neonazis ucranianos. Condenar la anexión rusa de Crimea y la ocupación de estos territorios en 2014 debería haber sido compatible con denunciar las atrocidades de ambos bandos.

Llaman también muchísimo la atención las advertencias hechas en otoño de 2021 por los gobiernos de Alemania, Austria y Suiza, a través de sus páginas web, prensa y televisión, acerca de posibles apagones totales de duración indefinida, publicando incluso listas de aprovisionamiento y recomendaciones para resistir durante al menos dos semanas sin electricidad. Y no es un asunto menor, pues la red eléctrica centroeuropea es común y tiene una dependencia absolutamente crítica de las energías fósiles, especialmente del gas ruso.

Terminando de atar cabos, hay que destacar el consenso establecido por la Unión Europea para clasificar a la energía nuclear y el gas como energías limpias, lo que concuerda perfectamente con la urgente necesidad de Europa de mantener en su mix eléctrico todo lo que haga falta sin ganarse la oposición de la población… ¡qué mejor que pintar de verde estas energías! Junto a ello, añadamos la progresiva vuelta a la quema de carbón en nuestras centrales térmicas. Europa —y el mundo, dicho sea de paso— está en un camino sin retorno hacia una disminución progresiva, inexorable, de los recursos energéticos. Esta desesperación es también un signo claro de la total dependencia de los sistemas de captación de energía renovable —paneles fotovoltaicos, centrales de energía solar de concentración y aerogeneradores— de la energía fósil y nuclear, tanto en la extracción de los minerales necesarios para su fabricación, como en su transporte, su instalación y su mantenimiento, como han demostrado en excelentes trabajos el ingeniero Pedro Prieto o el doctor Antonio Turiel. Resumiendo, la transición energética lleva décadas de retraso y nos ha pillado el toro.

De modo que no es descabellado pensar que esta guerra, no solo se esperaba, sino que se veía como inevitable para controlar unos recursos energéticos cada vez más escasos. Esto obligatoriamente pasaría por deshacerse de un Putin que nunca aceptaría a Ucrania en la UE, y mucho menos en la OTAN, buscando así asegurarse el entendimiento con un gobierno “amigo y confiable” que no comprometa el abastecimiento de gas y petróleo a medio plazo. Y mientras se consigue la consecución de este objetivo, guerra de desgaste incluida, EE UU haría caja vendiéndonos gas licuado (GNL) suministrado en buques metaneros.

No es descabellado pensar que esta guerra se veía como inevitable para controlar unos recursos energéticos cada vez más escasos. Esto pasaría por deshacerse de un Putin que nunca aceptaría a Ucrania en la UE, y menos en la OTAN, buscando asegurarse el entendimiento con un gobierno que no comprometa el abastecimiento de gas y petróleo a medio plazo
Las cosas, evidentemente, son mucho más complicadas, pero Europa, empujada por la desesperación energética, parece dispuesta a jugárselo todo, guerra incluida. Nosotros hemos apretado el botón nuclear económico, lo que puede llevar a Rusia a apretar el botón nuclear de la energía. Si cierra el grifo del gas y el petróleo, por muchas pérdidas económicas que pudiera causar a su país, puede llevarnos a una era pre-industrial en pocas semanas, literalmente. El racionamiento de electricidad sería draconiano, lo que supondría, no solo un sufrimiento inmenso en la población, sino el cierre parcial de la industria y una escalada de precios descontrolada. Hay que tener en cuenta que el 90% del gas llega por gasoductos y solo el 10% por barco. Alimentar el 90% de la demanda centro-europea con GNL, que hay que desembarcar, regasificar y distribuir a todo lo largo y ancho del continente, es una gigantesca tarea —en la que España sería el país clave, ya que posee el 25% de las regasificadoras europeas—. Un GNL que, por otra parte, es limitado y se encuentra en un mercado de competencia atroz.

Si Rusia cierra el grifo del gas y el petróleo, por muchas pérdidas económicas que pudiera causar a su país, puede llevarnos a una era pre-industrial en pocas semanas
A la luz de estos hechos, el relato de heroicos vencedores y malvados villanos empieza a cobrar un siniestro sentido. Sería necesario, como ya nos están anticipando, para la aceptación por parte de la población de las enormes consecuencias económicas producidas por nuestras propias sanciones y por el enorme sufrimiento generado si Putin cerrara la llave del gas. Solo una negociación, o una retirada de Rusia —extremadamente improbable—, podría evitar esta catástrofe. Ucrania tiene la guerra perdida, pero se ha convertido en el medio para desgastar a Putin, de ahí la indecencia moral de suministrarles armas y alentarles para seguir resistiendo en vano.

Ucrania tiene la guerra perdida, pero se ha convertido en el medio para desgastar a Putin, de ahí la indecencia moral de suministrarles armas y alentarles para seguir resistiendo en vano
Si podemos sacar una lección de este trágico escenario, negro presagio del advenimiento inminente de un mundo en conflicto bélico permanente por la escasez de recursos y materias primas, no debería ser otra que la de afrontar de una maldita vez el gran dilema de la civilización global: elegir entre la renuncia a un modo de vida materialmente insostenible o el salvaje camino de la autodestrucción.»

Luis Picazo Casariego